Los monasterios de Armenia

En una oscura estancia de piedra envuelta en la niebla que generaba el incienso, un coro comenzó a cantar. Pero a cantar bien, no como en las iglesias españolas donde la guitarra y la bandurria son superadas en chabacanería por las subidas microtonales de las señoras. En el altar se abrió una cortina y una figura que parecía de otro mundo salió solemnemente con una cruz de oro en la mano. Todos los feligreses se abalanzaban para besar el venerado objeto. Nosotros, incautos, estábamos técnicamente fuera del recinto sagrado observando la escena cuando el señor, que ya se percibía que era un cura y no un espectro, salió a nuestro encuentro ofreciéndonos sin escapatoria el babeado, no obstante sagrado, objeto. Lo besamos.

Monasterio de Geghard.
Monasterio de Geghard.

Discúlpenme si he sido algo irreverente pero con esta historia quería mostrar lo teatral del rito armenio, mucho más envolvente que el “qué alegría cuando me dijeron” que todos nos hemos tenido que tragar alguna vez en las misas católicas. Y es que los monasterios armenios tienen ese halo de otro mundo, no sólo por su arquitectura sino también por su uso, cuando lo tiene. No en vano, Armenia fue el primer reino mundial que abrazó el cristianismo de manera oficial. Por lo visto, el malvado rey Tiridates III, que otra cosa no pero tenía uno de los nombres más bellos que he escuchado nunca, mandó encarcelar a Gregorio el Iluminador, que no se metía con nadie. Tras tenerlo encerrado 13 o 14 años en lo que es ahora el monasterio de Jor Virap, muy cerca del monte Ararat, y sobrevivir, decidieron soltarlo para curar al pérfido Tiridates. Como lo curó, se hizo cristiano.

Monasterio de Jor Virap.
Monasterio de Jor Virap.

Todos los monasterios armenios se parecen, pero todos son distintos. En general las bóvedas tienen sombreros de gnomo y las iglesias tienen gavits, salas previas al recinto sagrado, como el nártex de las basílicas paleocristianas. Además cuentan con pabellones distintos, no son un solo edificio como ocurre muy frecuentemente en occidente. Sin embargo, la característica común de todos ellos es que los pusieron en lugares donde no llegan las marshrutkas y por tanto el despistado visitante se ve obligado a pagar un taxi, que aunque económico, es varios órdenes de magnitud mayor que el minibus. Y menos divertido.

Monasterio de Haghartsin.
Monasterio de Haghartsin.

Algunos monasterios como el de Geghard se encuentran excavados en la piedra con lo que los monjes trogloditas pasarían un verano muy fresquito. Algunos no tienen tanto fresquito pero sí tienen frescos impresionantes como el de Ajtala. Pero si me tengo que quedar con alguno, elegiría dos. El primero sería el monasterio de Haghartsin que parece un cohete de piedra que sale del bosque. El segundo es el de Haghpat, lleno de pabellones por todas partes y con una señora que vende frambuesas dulcísimas. Me he dejado muchos muy bonitos como el de Sanahin, pero para eso ya están las guías, ¿no les parece?

Monasterio de Haghpat.
Monasterio de Haghpat.

Una experiencia adicional a la que yo me apunté, fue beber un tan caducado en una de las estaciones de autobús. El tan es una bebida a base de yogur salado con un poco de sifón, muy similar al airán  turco. Estaba caducado desde hacía cinco meses pero su sabor no me impidió terminármelo. Este hecho me permitió experimentar una auténtica penitencia digna de un monje medieval durante las visitas. Estupidez humana.

Monasterio de Sanahin.
Monasterio de Sanahin.
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