Murmansk, trenes y auroras boreales

La primera vez que entré a un tren ruso tengo que reconocer que me impresionó. Son como un gran albergue sobre raíles, un montón de literas por todas partes, sin puertas que separen compartimentos. Tras viajar un poco por Rusia, uno se da cuenta de que no podrían ser de otra forma. Esta organización del vagón, unido a lo interminable de los viajes en este país, hace que casi sea imposible no interaccionar con humanos. Puede ser una señora con su nieta, intentándote convencer de que los rusos son el pueblo más pacífico de la Tierra. Puede ser un señor que ha bebido algo más de la cuenta y te enseña las fotos de su familia en una dacha de Karelia. Siempre suelen ser muy amables y curiosos. Suena divertido que entre una muchacha kirguiza del asiento de al lado y nosotros, nosotros fuéramos los que realmente despertábamos curiosidad.

Estación y trenes.
Estación y trenes en Murmansk.

El viaje más largo que de momento hemos hecho ha sido desde Petrozavodsk hasta Murmansk. 16 horitas de nada. Como el tren había salido de Moscú y llevaba  11 horas de trayecto, se pueden ustedes imaginar el golpe de humanidad que sentimos al entrar. Esta agradable brisilla aromatizada, que tengo que reconocer que me mareó un poco, en seguida se nos olvidó y nos pusimos a hacer cosas de tren ruso: leer, jugar, hablar, usar el samovar o beber café o té en esos vasos tan característicos de tren estatal…

Estatua de Alyosha.
Estatua de Alyosha.

Murmansk es fea pero no. El puerto sucio con los contenedores de colorines da a la ciudad un punto atractivo. Algunos edificios de comienzo del siglo XX, con columnitas dóricas, contrastan con la arquitectura soviética de bloques de hormigón.

Todo aquel que haya ido a Rusia de manera económica habrá notado la invisibilidad de los hoteles. Suelen estar en el último piso de un portal al que se accede por un patio interior mediante una contraseña desconocida. Una vez movilizada toda la manzana, resulta que el hotel no sólo es barato e invisible, sino que además es cómodo. Murmansk, a pesar de estar cerca de Noruega, no es una excepción respecto al alojamiento.

Rompehielos nuclear Lenin.
Rompehielos nuclear Lenin.

El visitante sin negocios en Murmansk suele hacer dos cosas: subir a ver la ciudad desde Alyosha, esa estatua gigantesca que mira desafiante a la ciudad, y visitar el primer rompehielos nuclear del mundo, Lenin, el primero de su nombre (je).

Después de pasear mucho por la ciudad, ver sus atardeceres y poder decir en el futuro que ese es el enclave más al norte que hemos visitado, las auroras boreales no aparecieron. Son como los hoteles. Los nativos nos dijeron que hacía demasiado calor (era marzo) y que ya no se iban a volver a ver hasta el otoño próximo. Encantados de la visita a Murmansk pero tristes por no haber visto auroras nos volvimos a Petrozavodsk.

Vista de la ciudad.
Vista de la ciudad.

Tres días después el sol decidió darse un garbeo y tener una actividad inusual. Los colores rojos y verdes aparecieron en el cielo mientras íbamos a un pub irlandés. La Guiness y los fenómenos astronómicos al parecer no entienden de fronteras humanas.

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