El camello de Mequínez

Que me aspen si el camello no es un animal simpático. Es cierto que las vacas tampoco están mal, pero lo exótico del jorobado unido a su mirada estúpida (lo cual no quita que puedan estar pensando en soluciones de mecánica con camellos esféricos) hacen que sea en conjunto un animal pluscuamperfecto. Si esto no convence al lector, tengo que añadir que está rico. Muy rico de hecho. Y de eso iba a hablar hoy.

Encantador de serpientes.
Encantador de serpientes.

La gran plaza de Mequínez, Marruecos, alberga el bullicio de sus habitantes, los restaurantes turísticos y al encantador de serpientes atontadas. No entraré a hablar de las pobres serpientes aquí, pero espero que no les dé un día por picar a humanos. Por lo que fuera, en Mequínez tuve más sensación de estar en otro mundo, uno de cuento, que en Fez. Quizás es simplemente porque Fez es demasiado grande y hay demasiados turistas enseñando hombro y rodilla.

La ciudad tiene una madraza preciosa desde la que se ve el tejado de la mezquita. El día puede completarse visitando el mausoleo de Mulay Ismaíl y los gigantescos depósitos de agua del antiguo palacio. Estas visitas se hacen más llevaderas gracias a esos zumos de naranja dulcísimos que te ofrecen por la calle. Y si quieres sentarte, pues a tomar un té con hierbabuena, más dulce aún.

Madraza Bou Inania.
Madraza Bou Inania.

Al final del día y junto con nuestro inesperado y bien hallado compañero de viajes Arturo, un mexicano de los de mochila a la espalda y a ver mundo, vimos una carnicería con un peluche de camello. Esto nos dio la idea de que si se vendía, en algún sitio se podría comer. Tras preguntar al carnicero y no sin perdernos, llegamos al lugar recomendado. Me da pena no poder compartir su ubicación exacta, pero supongo que si un hipotético viajero lector quiere ir, simplemente tiene que preguntar al carnicero (que está muy a la vista, a la entrada a la medina por la gran plaza).

Vendedor de zumos con nosotros.
Vendedor de zumos con nosotros.

El lugar era pequeñísimo, con tan sólo una mesa y un banco corrido que la rodeaba. Dos curiosos marroquíes estaban allí comiendo cuando llegamos. Era un plato de carne picada de camello con un huevo. El cocinero, un señor mayor y sonriente nos preparó nuestro camello con ese olor a parrilla que tanto entraba al local como salía a la calle. Antes de que estuviera preparado, nuestros amigos de la mesa ya nos habían dejado probar de su plato y habían entablado conversación con nosotros entre curiosos y divertidos.

Con nuestro amigo mexicano en Bab Mansour.
Con nuestro amigo mexicano en Bab Mansour.

Así que sí, amigos, el camello está delicioso. Y aunque simplemente volvería a Mequínez por su ambiente y arquitectura, si algún recuerdo placentero me he llevado de esa visita, es el sabor del ungulado.

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