Tiflis. Polifonía gastronómica

Cruce de culturas, punto de encuentro entre oriente y occidente, blablabla. Es probable que comience así una descripción cualquiera sobre Tiflis, la capital de Georgia. La cosa es que Tiflis, sin ser especialmente monumental, tiene ese espíritu que te hace querer volver. Quizás el espíritu sea simplemente la gastronomía georgiana, una de las más deliciosas del mundo, o la amabilidad de sus habitantes o quizás el encanto de la aquitectura vernácula. Sea lo que sea, espero volver a escribir algo sobre Tiflis en el futuro.

Vista de Tiflis.
Vista de Tiflis.

Tiflis tiene muchas visiones y no necesariamente se corresponden con lo que evocan. Oriente se encuentra en las termas, que Pushkin tanto alabó. El mundo contemporáneo se encuentra en ese puente y esos edificios maravillosamente horteras, sin olvidarse de la fuente bailonga que si bien es más pequeña que su homóloga armenia es igualmente hipnotizante. Rusia se siente en la avenida Rustaveli y en el ensanche del siglo XIX y la Unión Soviética está presente tanto en ese metro tan característico como en sus avenidas pensadas para el progreso (el de los coches, no el de los humanos) y en sus edificios del siglo XX. Sin embargo se siente que en toda la ciudad hay algo característico que no tiene el resto del mundo y no es sólo el alfabeto.

Termas.
Termas.

La historia que quería contar era sobre los banquetes. La hospitalidad georgiana es legendaria pero uno difícilmente la experimenta yendo de turista (a no ser, probablemente, que hagas couchsurfing). Polo Vallejo nos invitó a la catedral principal para escuchar al grupo Basiani cantar durante la ceremonia ortodoxa. La polifonía georgiana es famosa por ser disonante, ignoro si es la única del mundo, pero al menos os aseguro que suena muy bien. Supongo que sería mejor decir que tiene un sistema armónico distinto en lugar de calificarla de disonante, pero en cualquier caso aconsejo escucharla.

Al terminar la misa y de manera inusitada, fuimos invitados al banquete por el coro de la catedral, así que sin darnos cuenta nos encontramos en un restaurante con dos españoles, un francés, dos rusos y un montón de georgianos.

Vista desde la catedral de Sameba.
Vista desde la catedral de Sameba.

Los jachapuris y los jingalis llovían desde todas partes, los pinchos morunos llegaban al plato sin pausa como si fueran flechas en un asedio y nuestras barrigas se hinchaban como peces globo. De repente todo paraba y alguien se levantaba. Se hacía silencio y el sujeto activo del brindis pronunciaba un discurso improvisado exaltando a la familia, los amigos (nuevos amigos, dijo mirándonos a nosotros), la amistad entre naciones, etc. Tras esto todo el mundo brindaba y la vida seguía su curso. Los jingalis volvían a llover, eso sí, pasados por la plancha porque se habían quedado fríos. Nosotros seguíamos comiendo fascinados tanto por las palabras que entraban por los oídos como por la comida que entraba por la boca.

Uno de los edificios contemporáneos.
Uno de los edificios contemporáneos.
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Un comentario en “Tiflis. Polifonía gastronómica

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